La piel que se muestra… y la que se esconde:sexualidad y dermatitis
- Kensho Clínica

- 14 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Tener dermatitis no es solo tener la piel irritada o sensible. En este artículo no vamos hablar de
la falta de sueño por los despertares, del picor crónico (que incapacita igual que el dolor
crónico y no se conoce tanto) o de las diferentes alergias que puede provocar la dermatitis
atópica.
En este artículo vamos a hablar de lo que supone convivir con una parte del cuerpo
que no puedes evitar ver, y a veces, que la mirada de los demás cuando pesa más de lo que
debería. La piel es mucho más que una envoltura: es la forma en que tocamos y somos
tocados, la frontera que nos conecta y nos protege.
Por eso, cuando la piel duele, pica o se inflama, también se altera algo en nuestra manera de
relacionarnos. No solo con los demás, sino con nosotros mismos.

Lo visible… y lo que no se ve
Diversos estudios indican que hasta el 50% de las personas con dermatitis atópica
experimentan dificultades en su vida sexual, y que esto también afecta a una de cada cuatro
parejas. La sexualidad es una de las áreas más vulnerables cuando hay una enfermedad de la
piel, y no solo por la presencia de lesiones visibles o molestias físicas.
Está el miedo al rechazo, el pudor de mostrarse, la duda de si la otra persona notará algo o
pensará “¿eso se contagia?”. Quienes conviven con dermatitis o psoriasis saben muy bien de
qué hablo. Esas preguntas —aunque no siempre se digan en voz alta— pueden quedarse
flotando entre dos personas, creando distancia donde antes había deseo o curiosidad.
La piel y el contacto: un territorio delicado
El contacto físico es mucho más que placer. Es confianza. Cuando nos dejamos tocar, lo
hacemos porque sentimos que estamos a salvo. Pero en la dermatitis, un simple roce o la
saliva pueden resultar incómodos o incluso dolorosos. Y eso cambia la manera en que se vive
la intimidad.
A esto se suman las alergias frecuentes, como las del látex o ciertos cosméticos. De pronto, lo
que debería ser un momento de cercanía se vuelve un campo minado: el “¿me va a picar?” o el
“¿le picará?” atraviesan el deseo y generan tensión.
Y sabemos que el estrés no ayuda. El estrés empeora la piel, y la piel empeora el estrés. Es un
círculo del que cuesta salir, y donde muchas veces la frustración se hace presente en ambas
partes.
El cuerpo que habita y siente
No se trata solo de aceptar la piel como es, sino de encontrar nuevas formas de habitarla. De
redescubrir el placer desde la ternura, la comunicación y la paciencia. A veces, eso implica
desaprender la idea de que la sexualidad tiene que ser perfecta o “como antes”.
Hay vida más allá del brote, y hay deseo posible incluso en una piel sensible. La clave está en
acompañarse —en pareja, y también con ayuda profesional— para volver a sentir el cuerpo
como un lugar seguro.
Y si sientes que este malestar va más allá de lo físico, que toca tu autoestima o tu manera de
vincularte, hablar con una psicóloga puede ser el primer paso para recuperar la confianza y el
bienestar emocional que mereces.
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