Del impulso a la intención: un Black Friday más saludable para tu mente y tu bolsillo.
- Kensho Clínica

- 24 nov 2025
- 2 Min. de lectura

No hablo de adicción clínica —que existe y merece atención— sino de esos impulsos
que todas conocemos: comprar para calmar ansiedad, decirnos “me lo merezco” o
simplemente matar el rato mientras hacemos scroll.
El clic que todo cambia
Ese malestar de “me falta algo” desaparece en cuanto pagamos. Luego llega el paquete
y… ¿qué pedí exactamente? Los mensajes de “quedan 2 unidades” o “solo hasta
medianoche” funcionan como señuelos: sabemos que no es verdad, pero nuestro cerebro
dice “me lo llevo”.
Frases que probablemente te suenen:
“No tengo nada que ponerme, aunque mi armario esté lleno.”
“Necesito X, aunque ni sé para qué.”
“Lo tienen todas, así que yo también.”
“Me lo merezco.”
“Estoy aburrida, compro algo barato y ya.”
Detrás de esto no hay moda ni gadgets, hay emociones que no estamos atendiendo:
inseguridad, ansiedad o aburrimiento.
¿Por qué caemos?
Autoestima: buscamos cosas para sentirnos mejor, cuando lo que necesitamos es
escucharnos y validarnos.
Acumular y no soltar: cuesta deshacerse de regalos o cosas “por si acaso”. Poner
límites también es cuidarse.
Ansiedad o vacío: ese “necesito algo” es tensión emocional. Ningún paquete lo
arreglará.
Pertenencia: creer que encajarás comprando lo mismo que otras… spoiler: no
funciona.
Mini caprichos: un pintalabios, un esmalte o una vela levantan el ánimo sin
romper el presupuesto.
Impulsos bajo control
Comprar impulsivamente no es lo mismo que un trastorno de compra compulsiva. La
diferencia está en perder control y en cómo nos afecta después.
Nuestro cerebro adora la gratificación inmediata. Días como Black Friday son su prueba
más dura: temporizadores, alertas y descuentos diseñados para que tu parte racional diga
“hasta aquí” y la emocional: “clic, me lo llevo”.
Scroll y dopamina
Ese scroll infinito es primo de la tragaperras: cada desliz es una apuesta, con recompensas inciertas que nos mantienen enganchadas.
La pantalla gira como una ruleta.
“Descuento extra si añades algo más” = jackpot digital.
Colores y alertas despiertan urgencia.
El resultado: dopamina rápida y dedos que no paran. Entre un scroll y otro, las compras
caen solas.
Estrategias que ayudan
1. Pon límites al móvil: borra cookies, bloquea notificaciones y busca hobbies sin
pantalla.
2. Redirige el impulso: un baño largo, un café que te guste o dormir un poco más
funcionan mejor que llenar el carrito.
3. Cuida tu entorno: no necesitas objetos para que te valoren.
4. Identifica la emoción: antes de comprar, pregúntate qué sientes: ansiedad,
aburrimiento, culpa… nada de esto se arregla con un paquete.
5. Dale tiempo al deseo: deja el producto en el carrito 24 h. Muchas veces la
urgencia desaparece sola.
Para cerrar
No se trata de prohibirte nada ni de vivir con miedo a las rebajas. Se trata de escucharte
y darte lo que realmente necesitas, sin culpa.
Comprar desde la calma aporta más que cualquier oferta: tranquilidad, seguridad y paz
interior. Ningún Labubu, gadget o pintalabios supera eso.
Si te reconoces en alguna de estas situaciones, tranquila: no estás sola. Escucharte y
cuidarte es el primer paso para tomar decisiones de compra que realmente te hagan
sentir bien.
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